Memorias del recuerdo

Por Isabel Portilla Arroyo

 

Luis González Palma (Guatemala, 1957) es uno de los fotógrafos más relevantes del mundo de la fotografía latinoamericana actual. Sus numerosas participaciones en muestras individuales y colectivas tanto en América como en Europa, así como el hecho de representar a su país en la 51 Edición de la Bienal de Venecia, lo acreditan.


Es por tanto, una oportunidad extraordinaria para Santander, poder contar con su presencia en este sexto y renovado proyecto de El Puente de la Visión, en el que podremos ver una selección de las obras realizadas en los dos últimos años. Pasearnos a través de ellas, mirarlas detenidamente, viene a ser como pasar las hojas de un libro en las que el autor nos narra su vida, sus memorias, de esas imágenes almacenadas en su memoria que remueve y a las que intenta dar forma, otorgándolas toda la dimensión creativa en si misma. La mirada salida de la cámara del fotógrafo, nos evoca escenarios cinematográficos, referencias personales y a la vez pertenecientes al subconsciente colectivo, que nos aproxima a la realidad centroamericana, al mundo indígena y a la realidad llena de contrastes entre lo tradicional (lo autóctono) y lo actual (la influencia no siempre positiva de “lo occidental”). En efecto, González Palma nos acerca a innumerables mundos personales; un mundo de objetos, de símbolos, en los que el ser humano está en el centro y el origen de su creación.

 

Adentrarse en la obra de Luis González Palma es algo así como realizar un viaje a través del tiempo, de un tiempo pasado, tal vez matizando mejor, inexistente. A lo primero contribuye, sin duda, el empleo de la fotografía en blanco y negro, a la que somete  numerosos procesos de tratamiento para darle ese tono sepia característico de las fotografías antiguas. De este modo, y a diferencia de la mayoría de los artistas actuales, que se sirven de la manipulación digital al abordar sus trabajos, González Palma, utiliza la técnica tradicional –encuadres, sombras, escenografía, filtros.- para lograr un efecto antiguo creando imágenes que parecen haber sido tomadas hace muchos años. A lo segundo, contribuye la creación de hermosas composiciones que dan la sensación de detener el tiempo, de estar “congeladas” en un tiempo inexistente, y que, sin embargo, nos evocan, sugieren su paso a través de la memoria, de la actividad de hombre. Son composiciones en definitiva, a través de las cuales deja traslucir aquello que no podemos ver, el tiempo en sí mismo en su inmensa ambigüedad. De ahí la marcada atemporalidad que caracteriza sus obras.

 

Pero si en principio, el impacto más inmediato que nos produce la contemplación de las obras de Luis González  Palma , es como decimos de la retrotraernos  otras épocas de la fotografía, inmediatamente nos dejamos atrapar por otra nueva impresión, al encontrarnos con obras de una gran belleza plástica que están e un camino incierto entre la fotografía, las artes plásticas, y el cine. Los procesos de manipulación – nunca digitales- a que somete la fotografía, las complejas escenificaciones que lleva a cabo para realizar las tomas de sus obras, así como los objetos, íconos y símbolos que aparecen en forma reiterada en muchas de sus obras son la consecuencia del imaginario personal del autor, en el que aflora su mirada, una mirada introspectiva, basada en sus recuerdos, sus vivencias, su memoria, sus reflexiones sobre el ser humano – nacimiento, muerte, temores, esperanzas, ilusiones, perdidas, soledad, etc..-. Un mundo en el que siempre se vislumbra el antagonismo, la lucha entre dos fuerzas latentes, la cultura indígena, que difícilmente tarta de salvaguardar sus valores y la cultura occidental, que se impone sobre ella. Antagonismo y fuerza de contrarios que son la base fundamental de su trabajo y que se traduce en una suerte de mestizaje, de cruce y fusión de pensamiento y estética. Sin duda, es a través de la magnífica galería de retratos del pueblo indígena, bajo la que subyace la intención de reivindicar el reconocimiento del patrimonio humano y cultural de su pueblo, donde de forma más clara se puede percibir el mestizaje y la denuncia y postura crítica.

 

Una parte esencial de la producción de González Palma esta formada, como ya hemos apuntado por los retratos, retratos anónimos, de los que el fotógrafo dice intentar “retratar su alma”. En sus composiciones predomina el primer plano y la pose frontal y estática, enfrentando su mirada solemne e inexpresiva con la del espectador, en un intenso cara a cara con el que intenta llamar la atención  sobre la situación de estas personas atrapadas entre su pasado y su presente. Aspecto también destacado de sus retratos es el bello juego de luces y sombras que el autor consigue plasmar y con los que dota sus retratos de un profundo misticismo. Un paso más da el fotógrafo, logrando nuevas perspectivas, al fusionar la continuidad de la tradición  –a través  del retrato de la manera clásica- y la ruptura innovadora. –al incorporar a sus retratos otras tomas en las que representa objetos, que le sirven para crear hermosas metáforas. Crea, así, una nueva forma de retrato, que le aleja del propio retrato y lo convierte más en una especie de naturaleza muerta, de escena, que invita a la reflexión, más que a la contemplación. Así en Mirada (2003), minimiza el tamaño del retratado y convierte en protagonista al objeto, imponiéndose este sobre el retrato. El ojo –icono del arte surrealista, de Buñuel a Man Ray-, convertido aquí en protagonista, nos produce una cierta inquietud, ambivalencia. Frente a la mirada frontal y brillante de la joven retratada, González Palma, parece querernos sugerir la mirada hacia otro lado de la cultura accidental. Pero aún va más allá de su juego de ambivalencia y asociaciones simbólicas al introducir, como si un díptico se tratara- la planta de un edificio de plan central, trasunto quizás de la teoría de la proporcionalidad y del antropocentrismo.

 

Otro de los temas en los que el fotógrafo se desenvuelve con gran maestría es en las escenas de interior. Aunque podríamos distinguir  dentro de ellas dos formas diferentes de abordarlas, desde el punto de vista conceptual y técnico, ambas presentan  en común la fuente base cinematográfica que emergen en ellas, aspecto que se ve reforzado por los títulos de las obras, cuyos textos vienen a funcionar, como señala González Palma “como las voces en off que se podrían escuchar en una toma específica de una película”. Su formación como arquitecto y filmaker, están en la base de estas creaciones. En aquellas en las que la figura humana está presente parece evidenciarse un mayor carácter narrativo y un mayor lirismo. Así en Ella no sabía lo que estaba pensando en (2004), nos presenta a modo de díptico una doble escena, -a modo de fotogramas que fuera filmando con su cámara-. En la primera aparece solo el espacio con los objetos (el piano, los taburetes, el atril, unos globos) claros referentes de la memoria., en la segunda éstos desaparecen (salvo un pequeño fragmento del piano) y sólo destaca la presencia humana, una pareja bailando cuya sombra se refleja en la pared,. Son dos imágenes que vienen a funcionar como el significante y el significado a nivel lingüístico. La unión de ambos es lo que nos permite llegar al concepto. Es una escena cargada de una gran intimidad, es una atmósfera plena de melancolía, sin tiempo definido, en la que se percibe la presencia del pasado, el recuerdo, la memoria.

 

En las escenas de interior en la que no está presente el hombre, Luis González palma, abandona el carácter narrativo e intimista y crea imágenes que revelan un espacio irreal, fantástico, que enlaza en cierta medida con el discurso surrealista. En estas composiciones, que funcionan a modo de naturalezas muertas, suele utilizar elementos recurrentes como sillas y pájaros. Son imágenes marcadamente cinematográficas, resultado del meticuloso trabajo que lleva a cabo en cada toma, a través de la mise en scene de todos los elementos, y del juego maravillosos de luces y sombras que logra. En Recordaba su silueta pálida (2004), la profundidad espacial conseguida mediante los elementos arquitectónicos y el enlosado, junto con los fuertes contrastes de luz y sombra, crean una atmósfera irreal, ensoñadora, reforzada todavía más por la presencia de la silla de una persona impedida abandonada. Objeto y espacio evocan, de nuevo, la memoria, la soledad, los seres perdidos, fundamentadas en experiencias personales pero que son extrapolables al mundo actual. Para no habla de ella (2004), presenta una composición menos teatral, destacando la amplia profundidad que consigue a través de la diagonal del muro ante el que sitúa la silla vacía, dispuesta de espaldas al espectador. Aquí la memoria parece querer olvidar, sepultar el recuerdo. Mientras esperaba pensaba en el sueño (2004), es posiblemente más espectral y zúrrela, si cabe, al disponer en una estancia llena de anaqueles con pájaros disecados, una cuna de tres patas, que se convierte de este modo en el objeto simbólico por excelencia de toda la composición.

 

Pero también González Palma nos ofrece ejemplos de cierto acercamiento a la idea de paisaje. En el instante que nada pasaba (2004) y En el canto después del encuentro (2004) crea lugares, enclaves misteriosos, mudos, silenciosos, más propios de la ensoñación personal que de la realidad.

Colofón final del trabajo del fotógrafo guatemalteco es el proyecto realizado para la Bienal de Venecia, titulado La luz de la mente, que destaca por su carácter enormemente pictoralista. En él presenta ocho fotografías, tituladas cada una de ella Paño, en las que representa con una gran calidad de texturas y en suprema elegancia, el paño de pureza que siempre ha ocultado el cuerpo de Cristo. Luis González Palma parece avanzar en un continuum abandono de la figuración, tan presente en sus primeros trabajos, para dar paso a una progresiva abstracción, como se percibe en sus últimas obras, de la presencia  y poder de la imagen a la ausencia y su poder de evocación, del concepto al análisis, pero en el que siempre está presente su experiencia personal.

 

Memoirs of Remembrance

By Isabel Portilla Arroyo

 

Luis González Palma (Guatemala, 1957), is one of the most relevant photographers in the world of contemporary Latin American photography, as proven by his numerous participations in individual and collective exhibitions in America as well as in Europe, together with the fact of representing his country at the 51st edition of the Venice Biennale.


Therefore, it is an extraordinary opportunity for Santander to be able to count on his presence in this sixth and renewed project El Puente de la Visión (The Bridge of Vision), in which we will see a selection of the works from the last two years. To walk through them, to look at them thoroughly, is like turning the pages of a book in which the author narrates his life, his memoirs, from those images stored in his memory, which he removes and tries to shape, giving them all the creative dimension in itself. The look that comes from the photographer’s camera evokes cinematographic scenes, personal references and, at the same time, references belonging to the collective subconscious, which brings us closer to the Central American reality, to the indigenous world and the reality full of contrasts between the traditional (the autochthonous) and the contemporary (the not always positive influence of “the west”).In fact, González Palma brings us closer to countless personal worlds, a world of objects, of symbol, in which the human being is at the center and origin of his creation.

 

To venture into the work of Luis González Palma is something like making a journey through time, a past time, maybe shading better, nonexistent. To the former, the use of photography in black and white contributes without question, to which he applies numerous processes of treatment in order to convey that sepia tone so characteristic of old photographs. That way, and unlike most contemporary artists who make use of digital manipulation when dealing with their works, González Palma uses the traditional technique –frames, shadows, staging, filters – to achieve an old fashioned effect by creating images that look like being taken many years ago. To the latter, contributes the creation of beautiful compositions that convey the feeling of stopping time, of being “frozen” in a nonexistent time and that, however, evoke us, suggest their passing through memory, through the activity of man. In short, they are compositions through which he reveals that which we cannot see, time itself in its immense ambiguity. Hence the marked timelessness that characterizes his works.

 

But if, at first, the most immediate impact that produces the contemplation of the works of Luis González Palma on us is, like we say, to go back to other times of photography, we immediately let ourselves be caught by another new impression, by finding works of such a great plastic beauty that are placed in an indefinite line between photography, plastic arts, and cinema. The manipulation processes – never digital ones- which he carries out on his photographs, the complex stages he creates to take the shots of his works, together with the objects, icons and symbols that frequently appear in many of his works are the consequence of the personal imagery of the author, in which his look emerges, an introspective look, based on his reminiscences, his experiences, his memory, his reflections on the human being –birth, death, fears, hopes, illusions, losses, loneliness, etc. A world where there is always antagonism, the struggle between two latent forces, the indigenous culture, which hardly tries to safeguard its values, and the western culture, which imposes itself upon the first. Antagonism and opposites forces that are the fundamental basis of his work, translated in a sort of blending, of crossing and fusion of thought and esthetics. Certainly, it is through the magnificent gallery of portraits of indigenous people, under which underlies the intention of vindicating the recognition of the human and cultural heritage of his people, where the blending and the condemnation and critical stance can be more clearly perceived.

 

An essential part of the production of González Palma consists of, as we have already mentioned, portraits, anonymous portraits, of which the photographer says to try to “portray their soul”. In his compositions there is a predominance of foreground and frontal and static pose, facing their solemn and inexpressive look with the viewer, in an intense face to face by means of which he tries to draw the attention on the situation of these persons caught between their past and their present. An also highlighted aspect of his portraits is the beautiful disposition of lights and shadows that the author manages to capture, with which he provides his portraits with a deep mysticism. The photographer goes a step forward achieving new perspectives, by merging the continuity of tradition – by means of classic portraits - and the innovative break – by incorporating to his portraits other shots representing objects, which he uses to create beautiful metaphors. He creates, in that way, a new form of portrait, that moves it away from portrait itself and turns it into a sort of still life, of scene, that invites to reflection rather than contemplation. So, in “Mirada” (Look) (2003), he minimizes the size of the portrayed and turns the object into the main character, thus imposing the object over the portray. The eye – icon of surrealist art, from Buñuel to Man Ray- turned here into the protagonist, produces on us a certain anxiety, ambivalence. Facing the frontal and bright look of the portrayed young lady, González Palma seems to suggest the look the other way of western culture. But he goes even further from his game of ambivalences and symbolic associations when he introduces, as if it were a diptych, the floor of a central plan building, transcript, perhaps, of the theory of proportionality and anthropocentrism.

 

Another issue that the photographer manages with great skill is the interior scenes. Even though we could distinguish two different ways of approach between them, from the conceptual and technical point of view, they both present the basic cinematographic font that emerges in them, an aspect that is enhanced by the titles of the works, the texts of which function, as González Palma points out, as “the voiceovers that could be heard during a specific take of a movie”. His formation as architect and filmmaker is at the basis of these creations. In those creations where the human figure is present, there seems to be a higher narrative character and a higher lyricism. That way, in “Ella no sabía que estaba pensando en” (She did not know she was thinking of) (2004), he presents as a diptych a double scene – as frames he went on filming with his camera. In the first one, there is only space and objects (the piano, the stools, the lectern, some balloons), clear referents of memory; in the second one, objects disappear (except for a small fragment of the piano), and only the human presence stands out, a couple dancing, their shadow reflecting on the wall. They are two images that function as signifier and signified at a linguistic level. The combination of both is what allows us to reach the concept. It is a scene loaded with great intimacy, it is an atmosphere full of melancholy, without definite time, in which you perceive the presence of the past, the remembrance, the memory.

 

On the interior scenes where man is not present, Luis González Palma abandons the narrative and intimate character and creates images that reveal an unreal, fantastic space that links to a certain extent with surrealist discourse. In these compositions, that function as still lifes, he uses recurrent elements such as chairs and birds. They are markedly cinematographic images, the result of the meticulous work he carries our in each shot, through the mise en scene of all the elements, and the marvelous play of lights and shadows he achieves. In “Recordaba su silueta pálida” (Remembered their pale silhouette) (2004), the spatial depth achieved by means of the architectural elements and the flagstone paving, together with the sharp contrasts of light and shadow, create an unreal, dreamlike atmosphere, intensified even more by the presence of the abandoned wheelchair of a handicapped person. Object and space evoke, again, memory, loneliness, lost persons, fundamented on experiences that are personal, but can be extrapolated to the present world. “Para no hablar de ella” (So not to talk about her) (2004), presents a less theatrical composition, highlighting the wide depth that he achieves through the diagonal of the wall before which he places the empty chair, facing the back to the viewer. Here, memory seems to want to forget, to bury the remembrance. “Mientras esperaba pensaba en el sueño” (While waiting, thinking of the dream) (2004), is probably more spectral and surreal, if possible, by arranging in a room full of shelves with stuffed birds a three legged cradle, which thus becomes in the symbolic object par excellence of the entire composition.

 

But González Palma also offers examples of a certain approach to the idea of landscape. In “En el instante que nada pasaba” (The moment nothing happened) (2004) and in “El canto después del encuentro” (The song after the encounter) (2004), he creates places, mysterious, mute, silent enclaves, more related to personal reveries than to reality.

 

The final culmination of the work of the Guatemalan photographer is the project carried out for the Venice Biennale, entitled “La luz de la mente” (The light of the mind), that outstands for its high pictorial character. In this project he presents eight photographs, each one entitled “Paño” (Cloth), on which he represents, with great quality of textures and supreme elegance, the Perizonium that has always hidden the body of Christ. Luis González Palma seems to move forward in a continuum abandonment of figuration, so present in his early works, to give place to a progressive abstraction, as evidenced in his last works; from the presence and power of the image to the absence and its evoking power, from concept to analysis, but where his personal experience is always present.